Cruzar el Umbral. De la Línea Recta al Círculo.

 

 

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Cruzar el umbral – De la línea recta al círculo

Por Eduardo Benítez

En el marco de la psicoterapia, considero a la Gestalt como una herramienta más que útil en lo concerniente a la exploración interior. Sin embargo, me gustaría señalar la existencia de un elemento, a mi juicio, mucho más importante, previo al trabajo directo con uno mismo. Considero que el punto de inflexión, el verdadero motor del cambio, reside en la llamada para cruzar el umbral. De alguna manera, se necesita contactar con una dimensión personal que se nos revela como una necesidad que debe ser inmediatamente atendida.

Mi experiencia al respecto no tiene nada de especial. En 2008, y tras una serie de sucesos que me ocurrieron, me ví despojado de lo que, años atrás, venía siendo un importante sostén para el normal curso de mi existencia. Una serie de personas, que consideraba y considero importantísimas para mí, siguiendo el impulso de seguir el curso de sus vidas, tuvieron que abandonar la ciudad donde habíamos compartido cinco años de una muy intensa unión. En aquel entonces, no me había percatado de que, de alguna manera, había desarrollado hacia ellos una poderosa dependencia. Y bueno, tras su inevitable marcha, las consecuencias se hicieron notar pronto. Lo primero que se reveló, fue un profundo estado de parálisis y una total anulación personal que, me situó cara a cara con un oscuro e inhóspito abismo interior. Desconocido e inquietante, al mismo tiempo que seductor, me hizo pensar en que algo en mi vida se había estado moviendo con el ‘piloto automático’. De pronto me ví sometido por intensas fuerzas invisibles que me llevaban, una y otra vez, a su libre antojo; una constante confrontación de sensaciones y emociones confusas, prácticamente incontrolables y desconocidas para mí. Me había quedado totalmente solo. Esto sucedió justo en esa etapa de la vida, en la que uno termina sus estudios universitarios para incorporarse compulsivamente al mundo laboral. Una etapa, para muchos, donde nos encontramos a las puertas de decidir qué rumbo tomar, dubitativos y ansiosos precisamente, por arrastrar viejas cuestiones sin resolver que de pronto empiezan a pesar más que nunca. A la mítica cuestión de qué hacer en la vida, se le unió una ausencia de base, una falta de soporte para edificar nada encima. Un impasse, un vacío vigoréxico, una singularidad de gravedad absoluta, que todo lo absorbe y todo lo desintegra…

En la antigüedad, para muchas culturas de marcado carácter sacerdotal, el neófito era probado para ser introducido en los secretos del espacio-tiempo universales, y en sus efectos sobre la psique del hombre. Su cometido era el de aprender a distinguir dichos efectos manifestados en su realidad, tomar control sobre ellos y transformarse en un maestro creador. Se comenzaba así un proceso de perfección que requería un total compromiso en el aspirante. Dicho compromiso, bien podría tratarse en muchos casos, de un sacrificio… Darse cuenta y aceptar que nos movemos en sociedad como títeres, guiados por una multitud de fuerzas desconocidas que nos gobiernan, de las que todo el mundo ha oído hablar pero que nadie ha visto, ni medido jamás, bien puede ser considerado como un sacrificio, -o como mínimo un hecho de profunda resignación-. Nada en tu vida vuelve a ser lo mismo. Para el caso, este sacrificio bien podría representar la muerte de un yo-viejo, fragmentado, para dar paso al nacimiento de un yo-nuevo total. El hacerse responsable, en un ataque de honestidad brutal, y tomar las riendas de dicho cometido constituía –y constituye- el paso de neófito a iniciado. En este sentido, este primer darse cuenta, que nos sitúa en la vulnerabilidad de la necesidad de llenar un vacío interior, del que hemos sido plenamente conscientes, es el punto de partida para cruzar el umbral.

Claro que todo esto llegó después. Si he sido capaz de ordenar los acontecimientos y contarlos desde cierta distancia, ha sido precisamente porque los darse cuenta, se suceden transitivamente. Uno le coge el gusto al camino, y aprende a distinguir cada vez más formas en su andar. Dicen que la luz surgió de la oscuridad para posteriormente guiarla en su transformación en luz. Si esto es así, ¿no se suceden una a otra? ¿No estamos entonces atrapados en una gran cinta infinita de movimiento perpetuo? Llenemos nuestro vacío revelador con lo que queramos, a sabiendas de que tarde o temprano, tendrá que volver a vaciarse.

Es por esto que pienso que la felicidad no puede ser algo concreto, como un objeto o algo que podamos alcanzar con la mano. Ha de ser un estado, un proceso continuo en el cual establecerse y dejarse vivir, pues es la manifestación consciente de este dinamismo perpetuo.

Mi abismo interior dio paso a la posibilidad de cruzarlo de manera triunfante. El vacío podía ser llenado de nuevo con toda clase de experiencias. Lo único que necesitaba era arrojar luz al asunto, abriendo los ojos con penetrante atención y determinación. Permitirme ser libremente y recuperar todo aquello que había puesto en otros y que me pertenecía; reconstruirme a partir de numerosos fragmentos, secos y deteriorados, que pedían volver al calor del hogar, de donde nunca debieron separarse.

Es a partir de esta experiencia cuando inesperadamente entablo contacto con el mundo de la psicoterapia y de la Gestalt en particular. En mis tres años de formación como Counselor y con cierto trayecto ya recorrido, puedo decir que si hay algo que he podido sacar en claro, de todo este asunto, es que la dimensión del ser humano es, muchísimo más rica y profunda de lo que creemos, y nos han contado, y que las cuestiones relativas a la metafísica, pueden ser respondidas, en tanto en cuanto, el camino es recorrido y reedificado, independientemente de si el resultado es o no satisfactorio. Lo que se enseña es a ser testigo directo de un constante diálogo entre consciente e inconsciente, previo aviso de que no ha de ser juzgado, y en donde las verdades de todos los tiempos pueden ser vivenciadas, regeneradas y reconducidas, por la sola acción del acto de tomar consciencia de su real existencia, más allá de que éstas se nos hayan presentado como fantasiosas o mitológicas. La sencillez y hondura de la frase de Machado ‘Caminante no hay camino, se hace camino al andar’, lo resume todo con elegante precisión. No invoquemos al futuro obstinadamente, edificando en él estáticos castillos de piedra, que se conviertan en colofón de una vida forzada y rígida,  sino, dejemos que el camino construya una y otra meta, pues en él reside la sabiduría de los millones de transeúntes que lo recorrieron antes que tú. Aprender del camino el arte de la aceptación –nunca la abnegación- y la confianza.

La cuestión de recorrer la senda, de transitar el camino del Héroe, sabemos que se pierde en los albores del tiempo. Sin embargo, la idea parece estar grabada a fuego en los sótanos de la psique, emergiendo periódicamente como Hades lo hacía del inframundo. Sabemos también que hay infinitas formas de recorrer dicho camino, y que cada cual ha de encontrar la suya propia. Sin embargo, la cuestión de qué hay a su final puede ser contestada por muy pocos, si bien todos coincidirán en un punto que se me antoja tremendamente paradójico. Dada la grandilocuencia, la seriedad y la importancia que le damos a los acontecimientos de nuestras vidas, parece ser que después de ese complejo de experiencias nos encontramos con la sencillez e infinitud de lo pequeño, que no dudan en definir como una nada omniabarcante. ¿No es maravilloso este misterio? ¿No es la vida, el camino, el Tao, la individuación, o como lo quieran llamar, un persistente e insondable misterio…?

Quisiera hacer alusión, para terminar, a la figura del círculo como trayectoria intrínseca al misterio. La forma del misterio. Aquella que constantemente se alude a sí misma, y donde los caminos se reconocen unos a otros y se superponen en el fluir eterno del tiempo.

Recordemos pues, que hemos partido de un vacío para volver a sumergirnos nuevamente en él.

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